Estación Concreto, elemento este que aumenta la temperatura en las ciudades (acumula calor) y se ha ido tomando el espacio que le corresponde a los árboles, acumulando objetos verticales de las más variadas formas que no dan floración ni frutos ni sombra ni indican dónde hay agua y menos favorecen a la biodiversidad, que se destruye llegando a beber donde no hay nada, salvo porosidades y polvo, alguna varilla de hierro con orín o un cable eléctrico echando chispas. Y del lugar que ocupó el árbol, que fue lo primero que hubo, ni una foto, porque en la estación Concreto los espacios son para clavarlos y rellenarlos con que lo ofende a la naturaleza y al paisaje (construimos las ciudades en las partes más fértiles) sin más excusa que la palabra progreso, justificada como el colocar piezas sobre un lugar y no convivir con el sitio, evitando que las costumbres humanas, las que tienen que ver con la sensibilidad, se amplíen en la estética y fomenten la inteligencia.
En otras palabras, dañando civilización real.
Cuando se le pierde respeto al árbol (ya ni sabemos cómo se llaman ni para qué sirven), comienza la decadencia de la naturaleza, pues el árbol no solo es el símbolo de lo humano (raíces, tronco, floración, frutos) sino el elemento que facilita el buen funcionamiento de la bioesfera, en tanto que produce sombra (microclima), fortalece el suelo con la caída de las hojas, ralentiza la caída del agua lluvia (evitando la erosión) y fomenta la biodiversidad y la cadena de la vida, además de ser en sus características propias: alimento, medicina, ornato, silencio, control de Co2, etc. Pero, cuando ya ni sabemos qué nombre tiene el árbol y volvemos anónimo, cuando sin saber su función decidimos tumbarlo para colocar en su sitio algo que encarece el suelo sin mejorarlo, crecemos la temperatura, la polución y el desespero.
Y en esta proliferación de construcciones y vacíos de árboles, de vehículos tronantes y grandes emisiones de gas la calidad de vida de la ciudad se deteriora a gran velocidad, pues a falta de árboles la contaminación se crece, las tierras en pendiente se debilitan, el río se enfurece cuando llueve, el calor aumenta cuando hace sol, los ruidos se expanden y el patrimonio en paisaje y uso de la geografía se va a pique. Y en este espíritu talar (de cortar), nos destruimos en lo esencial: respirar con bien un aire limpio y no sentirnos atrapados, cosa que no parece interesar a los gobernantes que siguen hablando de emergencias climáticas, partículas móviles, densidad modular, cuando las palabras que les faltan en la boca y en sus ejercicios de gobierno son: sembremos más árboles y frenemos el crecimiento de la ciudad.
Acotación: La poeta Inés Posada Agudelo, tiene un haikú (poema síntesis) que dice: “No se ve la ciudad/ni sus montañas. /El aire ya no es fresco, ni libre. /Los árboles cortados/ ya lo sabían”. Y lo saben los ingenieros forestales, sanitarios y medio ambientales. Pero... Le Corbusier, el arquitecto suizo, debe estar llorando. Cuando construía en un sitio donde había un árbol, respetaba el árbol e integraba la construcción a él.