Ocho años después, estudios hechos por el Estado determinaron que esta avenida no era viable.
Han pasado cinco décadas y el futuro de la Avenida Longitudinal de Occidente (ALO) continúa incierto.
Desde 1961 fue concebida como la superautopista de Bogotá. Atravesaría toda la ciudad de norte a sur por el occidente, descongestionando el tráfico; sería la única vía con peajes y tendría cuatro calzadas con tres carriles cada una.
Sin embargo, desde sus inicios tuvo impedimentos para iniciar las obras. En 1992 se modificó por primera vez el trazado, el cual comprendía unir el norte de la Sabana (Chía) con el sur de la capital (Chusacá).
Ocho años después, estudios hechos por el Estado determinaron que la ALO no era viable debido a que le costaría más de 700.000 millones de pesos al Distrito, recursos con los que no contaba. Por esto se frenó la compra de terrenos.
Adicional a esto, en el 2003 la Contraloría advirtió que para ese año ya se habían invertido 240.000 millones de pesos y la obra continuaba en ceros.
Otro de los conflictos que rodeó la ALO fue de carácter ambiental. Según el exalcalde Gustavo Petro, dicha cimentación tendría efectos negativos en los ecosistemas por los que pasaría, entre ellos la reserva Van der Hammen.
Sin embargo, la nueva administración retomó el proyecto que cuenta con licencia ambiental.
A esto se suma el uso de los terrenos ya separados para la construcción, como parqueaderos de grúas y de ciudadelas sociales.
Ahora se espera que con los recursos recogidos de la venta de las acciones de la Empresa de Energía de Bogotá se invierta en los corredores que faltan de esta avenida, que sería una de las soluciones del problema vial.