Aún no se puede cantar victoria definitiva en la batalla contra la inflación que, tras subir por ascensor, baja por las escaleras.
De acuerdo al más reciente reporte del Dane, la inflación anual en Colombia bajó en el mes de octubre a 10,48 por ciento, mientras que, en año corrido, la tasa alcanzó 8,27 por ciento. Este es un resultado que, además de estar por debajo de las expectativas de los analistas, ratifica la tendencia hacia la baja de la variación anual del Índice de Precios al Consumidor (IPC) que lleva siete meses consecutivos, desde el pico en marzo pasado.
La dinámica del alza en los precios ya no está impulsada por los alimentos (con una variación anual de 10,36 por ciento), sino por transporte (17,26 por ciento) y restaurantes y hoteles (14,74 por ciento).
A lo anterior se añaden los inocultables efectos inflacionarios de las constantes subidas al costo de la gasolina -una dolorosa pero responsable decisión para estabilizar el hueco del Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (FPEC)- así como el impacto de los arriendos y de los servicios públicos.
De hecho, el IPC anual de energéticos –gas y energía para el hogar y combustibles para vehículos- llegó al 20,89 por ciento. En cuanto al IPC para los hogares pobres la cifra en octubre ya bajó de los dos dígitos (9,78 por ciento) así como la inflación sin energéticos ni alimentos (9,49 por ciento).
Ante este comportamiento de la inflación -en octubre 0,25 por ciento- el presidente de la República, Gustavo Petro llamó al Banco de la República a bajar las tasas de interés y afirmó en su cuenta de X: “No tiene ningún sentido, que no sea la destrucción de la economía, el sostener una alta tasa de interés”.
No obstante, a pesar de estos buenos resultados de octubre pasado, todavía es pronto para cantar victoria en la batalla contra la inflación en Colombia. En primer lugar, el ritmo al que está descendiendo el IPC no es el deseable y no se ajusta a las velocidades de reducción que experimentaron otras economías de la región.
En estos siete meses de caída la variación anual de precios ha pasado del techo de 13,34 por ciento en marzo al reciente 10,48 por ciento en octubre. Es decir, mientras el costo de vida subió en ascensor, viene bajando literalmente por las escaleras.
Segundo, aún se perfilan en el horizonte de los próximos meses nuevas alzas en los precios de los combustibles, que ejercerán presiones inflacionarias para este fin de año. A esto se le deben añadir los efectos potenciales, por ejemplo, en alimentos y energía, de un fenómeno de El Niño ya oficializado, los aumentos en los peajes, la entrada en vigencia de los ‘impuestos saludables’ a productos de la canasta familiar y las expectativas de un demasiado generoso ajuste del salario mínimo para arrancar el 2024.
Tanto el sostenimiento de una alta inflación -incluida la subyacente- como la presencia de estos fuertes riesgos inflacionarios conducen a un tercer aspecto: la decisión que debe tomar la junta directiva del Banrepública con respecto a las tasas de interés.
No se ve tan despejado el panorama para que el Emisor arranque una senda de reducción, como lo vienen planteando el Gobierno y algunos gremios. Más aún, un enfoque prudente llevaría a los codirectores del Emisor a esperar a los datos del mes de noviembre.
Por último, este desempeño del IPC de noviembre tendrá efectos en la discusión del salario mínimo para el año entrante. Una inflación anual por encima de los dos dígitos dificultará la necesidad para el sector empresarial de un aumento en la remuneración mínima legal más razonable y con miras a un escenario donde los precios seguirán descendiendo. Tanto para el Gobierno como para el Banco de la República la lucha anti-inflacionaria debe seguir.
FRANCISCO MIRANDA HAMBUGER