A semanas de iniciar las discusiones sobre el salario mínimo para 2024, no sobra hacer un llamado a ajustarse a la real situación de las empresas.
Como es tradicional en el tramo final de cada año, el tema del aumento del salario mínimo empieza a despertar, mientras altos funcionarios del Gobierno Nacional, gremios de la producción y centros de estudios económicos lanzan sus lecturas del asunto. Si bien la discusión apenas comienza, y faltan datos claves, el contexto en este fin de 2023 tiene sus diferencias políticas con lo presentado en años anteriores.
La economía colombiana lleva dos tandas seguidas de subidas de dos dígitos para los aproximadamente 3,4 millones de trabajadores que devengan esta mínima remuneración legal mensual. Mientras que para este año el monto del salario mínimo aumentó un 16 por ciento -impulsado por la disparada en la inflación- en 2022 la decisión fue del 10,07 por ciento para llegar al millón de pesos.
La cuestión para esta nueva ronda de discusiones es qué tan conveniente para la economía y para las empresas -grandes, pequeñas y medianas- es asumir para 2024 un tercer aumento consecutivo por encima de los dos dígitos.
La respuesta a esa pregunta se construye partiendo de las cifras oficiales del Índice de Precios al Consumidor (IPC) correspondiente a noviembre, así como de la productividad, publicadas por el Dane. No obstante, el escenario de la economía -e incluso el margen de maniobra política, por así decirlo- es diferente al de hace un año y al de finales de 2021.
En primer lugar, es un hecho que la inflación ha venido bajando, así no sea al ritmo deseado, y muchas estimaciones ubican un IPC a finales de 2023 por debajo del 10%. A la espera de los datos oficiales de la organización estadística, el descenso de la inflación abre el espacio para un aumento más moderado para el próximo año.
En especial si se tiene en cuenta que los pronósticos muestran una caída sostenida de la inflación durante 2024. Un segundo aspecto compete al comportamiento de la economía nacional. Los aumentos del salario mínimo en la postpandemia obedecieron tanto a la disparada de los precios como a un crecimiento dinámico del PIB, producto de la reactivación.
Este entorno positivo de las actividades productivas favoreció la capacidad y la disposición del sector privado de asumir subidas del mínimo de dos dígitos por dos años consecutivos, a pesar de los efectos negativos sobre la inflación, el empleo formal y la salud financiera de las pymes.
En medio de una economía literalmente estancada -como lo ratifican los datos más recientes del Índice de Seguimiento a la Economía (ISE) correspondiente a agosto pasado, de 0,23%- alzas desproporcionadas a la remuneración mínima no pasarán de agache.
Comercio, industria, construcción -entre otros sectores que jalonan la producción nacional y el empleo- enfrentan actualmente caídas preocupantes que agudizan la desaceleración. Un aumento del salario mínimo de dos dígitos agravará la ya pesada carga que las empresas -en particular las medianas, pequeñas y micro- están experimentando con los impuestos, las tasas de interés, inflación y la contracción de la demanda.
Un tercer elemento para este debate toca al empleo. Si bien la tasa de desempleo - 9,3% en agosto pasado- aún no registra el choque de la desaceleración económica, es probable que la generación de puestos de trabajo se deteriore en los próximos meses. Si a lo anterior se añade un encarecimiento de los costos de contratar en un año de bajo crecimiento, el panorama para el mercado laboral, incluyendo la informalidad, podría empeorar.
En conclusión, a la espera de los datos definitivos, no sobra hacer un llamado a la prudencia en estas definiciones y a que se ajusten a la realidad de las empresas que pagan esos salarios.
FRANCISCO MIRANDA HAMBURGER