Los logros alcanzados en el uso de la bicicleta no pueden ser opacados por fenómenos de intolerancia
Bogotá puede exhibir el pergamino que la acredita como una de las capitales que le han apostado decididamente a la bicicleta: 500 kilómetros de ciclorrutas, más de 700.000 viajes al día –el 8 por ciento del total–, una gerencia para el ramo, una ciclovía dominical que convoca a 1,5 millones de personas y ha sido copiada con éxito en decenas de países, además de un incremento del número de parqueaderos y al menos 300 combos organizados que la aman y defienden.
Su crecimiento exponencial la ubica hoy como la alternativa de movilidad más eficiente de la ciudad. Amén de quienes encuentran en ella una opción de trabajo, están también aquellos que decidieron bajarse del carro para optar por un medio ecoamigable gracias al cual Bogotá, incluso, sea una de las nominadas a los premios Ashden (en Inglaterra) por su apuesta permanente a una iniciativa que impacta de forma positiva a la comunidad.
"El mal proceder de los ciclistas debería también preocupar a las empresas que utilizan sus servicios sin reparar en su comportamiento"
Este preámbulo, sin embargo, no significa que todo esté rodando como debiera. La proliferación de biciusuarios plantea retos para los cuales no estaba preparada la capital. La accidentalidad es uno de ellos. La poca permanencia de las campañas públicas, una pedagogía que se queda corta y, sobre todo, un bajo compromiso individual de buen comportamiento, tolerancia y acatamiento de las normas de tránsito han incidido de modo negativo en un frente que en otras latitudes genera orgullo.
De 31 ciclistas muertos en accidentes de tránsito en 2010 se pasó a 72 en 2016 y a 52 en 2018, según cifras oficiales citadas por expertos. Estos hechos representan el 10 por ciento de los siniestros viales que suceden hoy en la ciudad. El peatón y el ciclista siguen siendo los más vulnerables en el espacio público, para no hablar de los motociclistas: más de 300 perdieron la vida el año pasado en urbes como Bogotá, Cali y Medellín.
La inseguridad es el otro factor de riesgo. El hurto de bicicletas a cualquier hora del día ha llevado a que algunos dejen de usarla con mayor regularidad. Los relatos de crímenes horrendos cometidos al robarlas han causado una percepción de inseguridad que contrasta con las medidas y los golpes de las autoridades a estas bandas.
La capital tiene bien merecido su crédito de ser una ciudad que piensa en la bicicleta como símbolo de equidad y sostenibilidad. Dos logros que ha costado mucho conseguir. Sería lamentable dejar que ello se pierda porque no conseguimos extinguir las amenazas que se ciernen sobre ella ni generar comportamientos que nos permitan vivir y disfrutar de los entornos urbanos en un clima de paz y tolerancia. Y en ello son corresponsables también quienes han desarrollado exitosos modelos de negocio gracias a la bici, pero suelen ser indiferentes a la manera como los ciclistas ejercen su actividad.
En cuanto a la seguridad, está claro que se ha convertido en un desafío para las autoridades: más de 7.000 robos el año pasado, la mayoría en la modalidad de atraco y casi un 40 por ciento fruto del descuido de sus dueños, hacen necesario adoptar medidas de forma conjunta, comenzando por esa nefasta práctica de comercializar con lo robado. Si el mal empieza por casa, no hay nada que hacer.