O tomamos medidas globales en beneficio de la mayoría o estamos condenados a desaparecer.
Ahora que estamos en pleno Apocalipsis, me ha dado por leer filosofía. Me llamó la atención la definición que hacía Aristóteles de “buena vida”. En su concepción, el ser humano hace de la virtud un hábito, participa en la esfera pública en función del bien común y alcanza la plenitud eligiendo siempre lo mejor para la mayoría.
Eran otros tiempos. Hoy, la noción de “buena vida” nos lleva más al imaginario de Kim Kardashian en un lujoso yate o a la mansión de Brad Pitt en Beverly Hills que a la participación activa en beneficio de la comunidad. El coronavirus llega como la conjunción de todos los males: el cambio climático, la ausencia de liderazgo, la desaceleración de la economía, la creciente desigualdad, la crisis de las democracias y la consecuente proliferación de ficciones distópicas hacen parte de un presente alterado en el que irrumpe, para darle el giro definitivo a la trama, la pandemia global.
No sé quién es el guionista de la realidad, pero sin duda ha estudiado con los mejores y sabe aplicar los giros narrativos con ingenio. No se fue por el lugar común de una guerra mundial, no va a estallar una bomba ahí afuera, pero sí que está muriendo gente por covid-19 que aparece para recordarnos que, por más que lo creamos, no somos los amos del universo. Esta enfermedad que nos tiene aterrados desde China hasta Bolivia nos obliga a encerrarnos para entender que algo anda muy mal. Como humanidad hemos podido llegar a la Luna, descifrar el genoma humano e inventar robots para que nos hagan el oficio en la casa, pero no hemos conseguido que todos las personas tengamos un techo donde dormir, comida suficiente o servicio en salud.
La pandemia es el giro dramático de la trama justo antes de que se resuelva el conflicto. Es justo ahí, después de ese punto, en donde la respuesta de los protagonistas define el desenlace. ¿Logrará primar el bien común por encima de los intereses individuales en medio de los contagios? ¿Entenderá la humanidad que sus sociedades construidas sobre la desigualdad las llevarán a desaparecer?
La película no se ha terminado. Estamos, sí, empezando el último acto, el decisivo. El acto donde se resuelve si gana la ausencia de liderazgo, el instinto predador de los humanos, o el sentido de manada, la disciplina colectiva, la solidaridad, el bien común.
¿En qué momento construimos sociedades tan frágiles? ¿Cómo es que más de la mitad de Colombia no tiene un medio de subsistencia asegurado durante la cuarentena, porque quienes no dependemos de la economía informal nos encontramos en nuestras casas? No estamos afuera dándole unas monedas al que limpia el parabrisas, comprando la fruta picada en la esquina, las flores en la calle, tomando un taxi o dándole un paquete de pañales al venezolano que se para en la puerta de la Olímpica con su esposa y sus dos niños, porque ellos no tienen otro sustento. Cuánta precariedad. Pensarlo es una locura.
Medio país en la penuria. Algo que no teníamos tiempo para pensar porque estábamos muy ocupados en un congreso, en la peluquería, en una reunión de la oficina, o viendo una serie de Netflix en donde una pandemia global acaba con el mundo. Jajaja. Tiene humor el guionista de todo esto.
El mensaje no puede ser más claro. O cambiamos la forma en que nos relacionamos entre nosotros, regulamos mejor las actividades que ejercemos y sus impactos, y distribuimos de una manera más equitativa los beneficios, o el tic tac del reloj anunciando la cuenta regresiva de nuestro tiempo en la Tierra seguirá avanzando.
A lo mejor, el coronavirus es el verdadero mesías. Ya sea enviado por la ciencia, por Dios, por la Nasa, o por quien sea. El punto es que ha venido a anunciarnos el acto decisivo en nuestro papel sobre el planeta: o actuamos como manada, tomamos medidas globales en beneficio de la mayoría, y redefinimos la noción de bienestar, o estamos condenados a desaparecer.
Melba Escobar