La caída de la variación anual del IPC en abril es bienvenida, pero resta mucho por recorrer para que la inflación deje de golpear a los hogares.
El informe del Dane sobre el Índice de Precios al Consumidor (IPC), correspondiente a abril pasado, trajo el resultado esperado por varios meses por el Gobierno Nacional, las autoridades económicas y el país en general. La variación anual del IPC en el cuarto mes de 2023 registró un 12,82 por ciento, un leve descenso en comparación con el 13,34 por ciento reportado en el mes de marzo.
En otras palabras, la inflación en Colombia alcanzó su techo y ya estaría dando las primeras muestras de estar cediendo, tras prácticamente dos años de disparada imparable. Teniendo en cuenta que los altos precios para los hogares y las empresas constituye uno de los retos socioeconómicos más prioritarios para el Gobierno Nacional, esta reducción en el ritmo de aumento de los precios es una noticia bienvenida. Ya era hora de que la economía nacional se sumara al alivio de la inflación, que ya otras naciones de la región llevan varios meses experimentando.
El reporte de la organización nacional estadística ratifica el descenso reportado en la variación mensual del IPC de los alimentos, la división de gasto responsable por elevar la inflación a los niveles más altos en más de dos décadas. Los precios a los hogares pobres y vulnerables reportan asimismo descensos en sus dinámicas de crecimiento.
Lo anterior es una buena noticia ya que representa un pequeño respiro en los severos choques que la inflación disparada está generando en las familias de escasos recursos.
Dicho lo anterior, es necesario entender que la batalla contra los altos precios a los hogares y a las empresas debe continuar. Se entiende que el Gobierno Nacional, incluso el propio Presidente de la República, celebre este quiebre de tendencia y envíe mensajes de optimismo en una lucha que ha sido larga, costosa y sin tregua. No obstante, también le corresponde anclar esas expectativas ciudadanas ante los distintos rubros que aún cuentan con peligrosas presiones inflacionarias.
En primer lugar, que los precios de los alimentos estén reduciendo su ritmo desbordado de crecimiento y contribuyendo a este leve descenso no significa que, a partir de mañana, los consumidores sientan en sus compras caídas ostensibles. Las variaciones anuales de productos como la leche (27,83 por ciento) la carne de res (12,76 por ciento) o las frutas (20,84 por ciento) sí están bajando, pero siguen en unos niveles muy altos en comparación con años anteriores.
Segundo, si bien los alimentos -protagonistas de la disparada de los últimos dos años- vienen reduciendo su contribución, otros componentes del IPC no paran de ejercer presiones a la inflación. Un ejemplo de lo anterior es el transporte, afectado por las alzas mensuales en los precios de la gasolina.
El costoso pero responsable esfuerzo del Gobierno Nacional en reducir el déficit del Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (Fepc) no sólo continuará sintiéndose en las mediciones de la inflación sino también debería incluir el diésel lo más pronto posible. Otro ejemplo es de los arriendos, servicios públicos y otros precios regulados, así como los efectos de la indexación. Los analistas esperan una persistencia en los precios altos de estas divisiones de gasto, lo que podría disminuir el ritmo en que el IPC podría caer en la segunda mitad del año.
Es decir, el leve descenso en la variación anual del IPC en abril es una buena noticia, que debe marcar una senda de alivio; sin embargo, aún resta un trecho muy largo que recorrer, incluyendo las decisiones sobre las tasas de interés, para que la inflación deje de golpear con dureza a las empresas de todos los tamaños y a los hogares de todos los estratos.
Francisco Miranda Hamburger