La economía compartida es una forma de consumo colaborativo en la que los participantes comparten el acceso a productos y servicios, en lugar de tener propiedad individual. Esta ha crecido increíblemente en un sector económico que mostró un consumo cercano a los US$ 15 billones en el 2013, con proyecciones de US$ 335 billones en 2025.
Una encuesta reciente de Nielsen mostró que 2/3 partes de los consumidores están dispuestos a compartir sus activos o a utilizar los de otros, lo que explica la diversidad de formas que está tomando: desde las plataformas de crowdfunding, en las numerosas contribuciones pequeñas son combinadas para financiar proyectos, los datos abiertos, en donde la muchedumbre (del inglés crowd) puede explotar la rica base de datos públicos para generar innovación, la finca raíz (p.e. vivienda compartida), los automóviles particulares (con o sin chofer) y la agricultura, en la que el intercambio de semillas o el compartir lotes de terreno se han convertido en negocios pujantes.
En todos los casos, el concepto es simple. Al explotar recursos disponibles, los consumidores establecen relaciones mutuamente beneficiosas, capturando valor que de otra manera se hubiese desperdiciado. La plataforma de arrendamiento de vivienda ‘AirBnB’, por ejemplo, permite a los propietarios rentar temporalmente sus viviendas cuando no están siendo utilizadas. Al conectar a las personas con ‘exceso’ de vivienda (con periodos de desocupación) con aquellas que necesitan vivienda por periodos cortos de tiempo, la plataforma permite que las dos partes se beneficien. En este caso el propietario de la vivienda desocupada puede capturar algún tipo de renta del recurso subutilizado, mientras que el arrendatario puede ocupar bienes raíces de calidad superior a precios de descuento.
Plataformas tecnológicas como ‘AirBnB’ presenta una serie de ventajas sobre los proveedores tradicionales de hospedaje como hoteles, ya que el propietario no tiene que contar con inventario excedente para poder cubrir los picos de demanda, el cual tiene que ser subsidiado con una prima de precio. Lo mismo sucede con Uber, que cuenta con ventajas injustas al evitar costosos pagos asociados a licencias de operación y requerimientos regulatorios.
A pesar de los beneficios de la economía compartida, su meteórico crecimiento no ha estado exento de controversia tanto en nuestro país como en el exterior.
Mientras aquellos que lo apoyan argumentan que se provee a los consumidores de productos y servicios de calidad a precios descontados, sus detractores constantemente cuestionan la legalidad de los servicios. Por esto la economía compartida ha puesto mucha presión no solo sobre los reguladores –quienes se debaten con el reto de autorizar estos servicios, que vinieron para quedarse, de una manera que no ponga en riesgo a la industria tradicional pero que a la vez proteja el bienestar del consumidor- sino sobre los negocios tradicionales, quienes deben cuestionarse de donde va a venir la próxima disrupción en su sector y entender que en el siglo XXI ya no se trata solo de vender productos, sino de desarrollar modelos de negocio innovadores que suplan las necesidades de los clientes de manera distinta a los existentes en el siglo pasado.
Roberto de la Vega.